Navidad 2026: celebrar en tiempos de incertidumbre: por Jesús Conti
En estos tiempos donde todo parece estar conectado con todo, la Navidad vuelve a interpelarnos. No como una fecha más del calendario ni como una obligación social marcada por luces, ofertas y mensajes prefabricados, sino como una pregunta abierta. ¿Qué estamos celebrando realmente? ¿Cómo se vive hoy la Navidad en un contexto atravesado por tensiones económicas, discusiones políticas permanentes y una sensación generalizada de desgaste social?
Llegamos a la Navidad 2026 después de un año complejo. No hace falta abundar demasiado en diagnósticos: basta con mirar alrededor. Hay sectores que intentan instalar la idea de una celebración plena, de condiciones dadas para festejar sin reparos, mientras que otros se enfrentan diariamente con la realidad de la góndola, con el cálculo fino para llegar a fin de mes, con la resignación de tener que ajustar incluso en fechas que históricamente fueron sinónimo de encuentro y abundancia.
Esa contradicción atraviesa la mesa navideña. La atraviesa cuando se compara lo que fue y lo que es. Cuando la tradición choca con la realidad. Cuando los sentimientos son encontrados: la necesidad de celebrar, de reunirse, de sostener rituales familiares, frente a la preocupación, el cansancio y, en muchos casos, la angustia acumulada.
La Navidad ya no parece ser un interruptor que se prende y se apaga. No alcanza con una noche para borrar doce meses de dificultades. Pretender que todo se resuelve con un brindis sería ingenuo. Pero tampoco se trata de clausurarla, de vaciarla de sentido o convertirla en un simple trámite emocional. Allí aparece el verdadero desafío: aprender a vivir la Navidad en contexto, sin negarlo, pero sin renunciar a lo esencial.
Porque si algo deja claro este tiempo es que la Navidad no es consumo. No es comparación. No es exhibición. Es memoria, es tradición, es el valor de lo compartido, incluso —y sobre todo— cuando cuesta. Es entender que lo que verdaderamente permanece no son los objetos sino los momentos, no son las cifras sino los recuerdos.
El deporte, que tantas veces funciona como espejo de la sociedad, tampoco estuvo ajeno a este proceso. Clubes que ajustan, deportistas que luchan contra realidades adversas, instituciones que sobreviven gracias al esfuerzo colectivo. Y aun así, en cada cancha, en cada entrenamiento, en cada competencia, se sostuvo la idea de comunidad, de pertenencia, de seguir adelante. Ese espíritu, en definitiva, también es Navidad.
Celebrar en 2026 no implica negar lo vivido ni desconocer lo que falta. Implica elegir, aun en medio de la dificultad, sostener los vínculos, agradecer lo compartido y proyectar esperanza sin discursos vacíos. Implica entender que la Navidad no se mide por lo que se pone sobre la mesa, sino por quiénes se sientan alrededor de ella.
Por eso, más que una consigna, la Navidad vuelve a ser una invitación: a frenar, a mirar al otro, a recuperar lo simple, a valorar lo que permanece cuando todo lo demás se vuelve inestable.
Que esta Navidad 2026 nos encuentre conscientes del contexto, críticos de la realidad, pero también dispuestos a celebrar lo que todavía nos une. Porque al final, es eso lo que nos llevamos: tradiciones, recuerdos y momentos compartidos. Y eso, incluso en los años más difíciles, sigue teniendo un valor incalculable.
