**¿Qué decimos realmente cuando decimos “Feliz Año Nuevo”?**
Decir Feliz Año Nuevo ya no es, o al menos no debería ser, una frase automática. En el contexto actual, se ha transformado en una expresión cargada de significado, de expectativa, pero también de duda. Porque no todos llegan al cambio de año desde el mismo lugar, ni con las mismas herramientas, ni con las mismas certezas.
El 2025 fue un año de transición profunda para la Argentina. Un período atravesado por reordenamientos económicos, discusiones estructurales, ajustes, tensiones sociales y una redefinición —todavía en proceso— del rol del Estado, del mercado y de los propios ciudadanos. Para muchos, fue un año de resistencia; para otros, de oportunidades. Para la mayoría, un año que obligó a repensar prioridades.
En ese escenario, la palabra felicidad dejó de asociarse únicamente al deseo de prosperidad inmediata y pasó a vincularse con algo más básico: estabilidad, previsibilidad, trabajo, salud emocional y contención. El 2025 nos recordó que no siempre se trata de crecer, sino de sostenerse.
En San Juan, la realidad no estuvo aislada del contexto nacional. La provincia transitó el año con los desafíos propios de una economía regional que busca equilibrar desarrollo, empleo y obra pública, en un marco donde los recursos son finitos y las demandas infinitas. Hubo sectores que lograron sostenerse, otros que debieron reacomodarse y muchos que siguen esperando señales claras. Aun así, San Juan volvió a mostrar una característica histórica: la capacidad de adaptarse sin perder identidad.
Pero más allá de los números, los discursos y las estadísticas, el 2025 impactó fuerte en lo cotidiano. En lo familiar, donde muchas veces hubo que ajustar, resignar o postergar. En lo laboral, donde la incertidumbre obligó a validar cada decisión, cada paso, cada proyecto. Y en lo institucional, donde la confianza —ese bien tan difícil de construir y tan fácil de perder— fue puesta a prueba una y otra vez.
Por eso, cuando hoy decimos Feliz 2026, no estamos deseando un año perfecto. Estamos deseando un año mejor entendido. Un año donde lo aprendido no se descarte, donde el “borrón y cuenta nueva” no signifique olvido, sino experiencia aplicada. Donde el error sirva como límite y no como condena.
El 2026 llega cargado de expectativas, sí. Pero también llega con una sociedad más cauta, más analítica y, en muchos casos, más exigente. Ya no alcanza con promesas ni con slogans. La gente valida, contrasta y decide con mayor conciencia. Y eso, aunque incómodo para algunos, es un dato positivo.
Tal vez hoy Feliz Año Nuevo signifique esto:
la posibilidad de encarar lo que viene con menos ingenuidad y más convicción.
Con menos euforia y más compromiso.
Con menos certezas absolutas y más responsabilidad individual y colectiva.
Si el 2025 nos dejó algo, fue la enseñanza de que nada está garantizado, pero que todo puede trabajarse. Y en ese marco, desear un buen año no es una frase vacía: es un acto de esperanza crítica.
Jesús Conti
