Día del Periodista: entre la vocación, la crisis y la responsabilidad de contar la verdad
Cada 7 de junio, quienes elegimos el camino del periodismo solemos recibir saludos, reconocimientos y palabras de agradecimiento. Es una fecha que invita a celebrar una profesión indispensable para la democracia, para la construcción ciudadana y para el derecho que tiene toda sociedad de estar informada.
Pero también debería ser una jornada para la reflexión.
Porque hoy, más que nunca, el periodismo atraviesa una profunda crisis. Una crisis económica, laboral, ética y de credibilidad. Una crisis que no puede analizarse aislada de la realidad que vive el país.
Mientras millones de argentinos hacen cuentas para llegar a fin de mes, mientras la inflación deja secuelas que tardarán años en sanar, mientras los salarios pierden poder adquisitivo y las discusiones económicas dividen opiniones, el periodismo también está obligado a mirarse al espejo.
En una sociedad donde cada vez cuesta más distinguir la información de la propaganda, la noticia de la operación política o el análisis de la militancia disfrazada de objetividad, la tarea periodística enfrenta uno de sus mayores desafíos: recuperar la confianza.
Porque el periodismo no nació para agradar al poder. Tampoco para convertirse en una herramienta de negocios. Mucho menos para ser una fábrica de opiniones que busquen confirmar prejuicios. El periodismo nació para preguntar, investigar, incomodar cuando sea necesario y acercar a la gente elementos para comprender la realidad.
Sin embargo, sería ingenuo negar que muchas veces esos valores se fueron diluyendo.
Hoy conviven distintas formas de ejercer esta profesión. Está el periodista que sigue recorriendo calles, buscando documentos, chequeando datos y escuchando todas las voces. Está el trabajador de prensa que, con salarios cada vez más bajos y condiciones laborales precarias, sostiene medios locales, radios, portales y canales con enorme esfuerzo. Y también está quien encontró en el periodismo una oportunidad de negocio, de influencia o de construcción de poder personal.
No son lo mismo.
Y esa diferencia es importante marcarla.
Porque cuando la información se transforma únicamente en mercancía, cuando la búsqueda del clic vale más que la verdad, cuando la velocidad importa más que la verificación o cuando la conveniencia económica pesa más que la honestidad intelectual, pierde el periodismo y pierde la sociedad.
La tecnología cambió para siempre la forma de comunicar. Las redes sociales democratizaron la palabra, pero también multiplicaron las noticias falsas, la desinformación y la violencia verbal. En ese escenario, el periodista debería ser más necesario que nunca. Sin embargo, muchas veces termina atrapado en la lógica de la inmediatez, la polarización y el espectáculo.
Quizás por eso este Día del Periodista no sea solamente una fecha para recibir felicitaciones.
Tal vez sea una oportunidad para preguntarnos qué periodismo estamos haciendo y qué periodismo queremos construir.
Porque informar no es solamente contar lo que pasa. Es comprender el impacto que tienen las palabras sobre una sociedad cansada, golpeada económicamente y cada vez más desconfiada de sus instituciones.
El desafío sigue siendo el mismo que hace más de dos siglos: buscar la verdad, aun sabiendo que nunca será absoluta. Contar lo que otros prefieren ocultar. Dar voz a quienes no la tienen. Y recordar que detrás de cada noticia hay personas, historias y realidades que merecen respeto.
En tiempos de incertidumbre económica, de debates permanentes y de profundas divisiones sociales, el periodismo tiene una responsabilidad enorme. No la de decirle a la gente qué pensar, sino la de ofrecerle herramientas para pensar por sí misma.
Ese es el periodismo que vale la pena defender.
Y ese es el periodismo que hoy, en su día, merece ser homenajeado.
